Era una fría
mañana de Diciembre, los cerezos pintaban de rojo las calles de tierra, mientras
yo me levantaba de mi cama desconforme por el hambre de ayer, mientras me ponía
mi poncho recordaba las palabras de doña Clementina: si necesitas ayuda acude a
Dios, él tiene todas las respuestas.
Lo hice así, fui
hasta la capilla del padre Sixtino, eran las 8:15 de la mañana, con las justas
tenia para mi par de zapatos, así que no podía tener un reloj de muñeca, en
realidad observe a un extraño mientras compraba en la tienducha de don Eloy; me
encontraba un poco triste mirando a ese pobre hombre colgado en ese trozo de
madera, con la cabeza agachada, y mirando al suelo, rodeado de tanto oro, pero harapiento
de vestido, nuevamente recordé las palabras
de mi vecina y me preguntaba: ¿Cómo
puede alguien tan pobre tener todas las respuestas? incluso me dije que era tan
miserable aquel hombre, que rodeado de oro, no podía ni siquiera tener un buen
par de zapatos, como los de Santiago, él debería ser el niño más feliz de todo
el barrio, y sino, uno de ellos. Luego de un par de minutos de pensar y pensar
me dolieron las rodillas de pasar tanto tiempo esperando respuestas ante altar
de pobres miserables y salí del lugar, sin pena ni gloria, a propósito, la tía
Gloria quizá podría ayudarme un poco, ella es de las que se pasa ayudando a
todo el mundo, aunque es un poco intensa, podría darme algo para que no me
crujan las tripas.
-¿Qué tal
estamos de carácter?- Llegue vociferando como cantando una canción.
-¡Guambra
este! ¿Ya arreglaste la chapa de la puerta ’e calle? Me
reclamo como todos los días que nos vemos, y es que siempre que nos veíamos
tenía que decirme algo que no hice bien o algo que no lo hice, jamás algo que
hice.
-Estoy en
esas, deme un poco de pan pa’ las fuerzas.
Le anticipé, antes de que siguiera con los mandados.
Con clavos y
martillo en mano me dispuse al deber. Pasaron una tras otra las horas, sin
encontrarle un componte al asunto, hasta que histérico no pude más y le
desbarate a martillazos; al estruendo mi querida tía respondió con un buen
palazo que me hizo crujir los dientes. Fui llorando y hambriento hasta la
esquina donde me alcanzó mi tía, llorando le pedí clemencia, pero ella con una
sonrisa y pan en mano me dijo: "Guambra cojudo que también harías pero ya valió".
¡Al fin un poco de pan! me lo comí cual si fuera manjar de los dioses aunque tuve
que masticarlo bien porque estaba un poco duro. Entonces comprendí que si algo
quería, a martillazos lo conseguiría.
Ya 20 años
del suceso, todavía tengo la puerta guardada en el pasillo, la tía Gloria se ha
ido, el Padre Sixtino también, y no pasa un solo día en el que no recuerde el
momento en el que de un palazo me sorprendió el destino, que un dolor de
barriga me enseñara que si quieres algo debes conseguirlo por tus propios
métodos, que todos sabemos lo que debemos hacer, por más torpes que seamos, yo
encontré lo mío y doy gracias a Dios por ello, no a aquel pobre hombre,
miserable ante sus seguidores, sino a Dios.
Hoy termina
otro año de trabajo duro, de manos cansadas, ojos empolvados, y brazos
golpeados, pero tranquilo al fin, compartiendo un pan y chocolate caliente con
mis dos pequeños hijos quienes me miran agradecidos y con sus risas me hacen
comprender que en la pobreza sabe mejor el amor.
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