Miro pasar a varias generaciones. Un
viejo confidente, guardo muchas historias de quienes se han sentado junto a mí,
sosteniendo un libro, tomados de la mano o en solitario, sentados a mi costado
tomándose un café, viendo a un lado u a otro. Escucho, observo, pero mi boca
está cerrada, muda, no menciona ni una sola palabra. Mi piel seca, dura, madura
y arrugada, como la de un viejo, llena de golpes, gotas de agua y otras
sustancias que no quiero mencionar.
Silban,
pasan, comen, sueñan y me nombran, todo esto sin saber que los escucho, que los
miro. A veces pasan cosas curiosas, sin que nadie mire: un polluelo recita un
poema de amor en sus trinares; una huraña araña, perdona a la mosca por pereza;
la hambrienta rata se cobija junto a la hierba, sin saber que no despertará; un
risueño pequeño que me ve y sabe que lo veo, ríe y sabe que lo escucho, olvida
sin saber que yo jamás lo hago.
Recuerdo
haber nacido viejo y sé que moriré de la misma edad con la que nací, sé que mis
palabras son gemelas a las de mis hermanos, sé que aunque saltemos y lloremos
ante Uds. no sabrán imitar al pequeño aquel, quizá ese sea el motivo de nuestro
ancestral silencio. Aun así no conozco en mí, la espalda que Uds. me dan, donde
sea que me miren estaré mostrando mis rostros para el que quiera ver y mis sombras
para el que quiera mi compañía, a solas.
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